La paradoja de la fibra óptica: cómo una política de Antel que buscaba igualar terminó ampliando la brecha de ingresos

La paradoja de la fibra óptica: cómo una política de Antel que buscaba igualar terminó ampliando la brecha de ingresos

Aunque el objetivo era la «sociedad del conocimiento», se comprobó que el beneficio se concentró en los departamentos que ya estaban mejor posicionados.

Un estudio académico que toma el despliegue de Fibra Óptica al Hogar entre 2008 y 2019 como un experimento natural concluye que la política de Antel le subió el ingreso promedio a los uruguayos entre 5,2% y 6,7%, sin embargo, a más de 120 kilómetros de Montevideo el efecto desapareció.

Cuando Antel arrancó en octubre de 2011 con el primer hogar conectado a Fibra Óptica al Hogar, el objetivo declarado no tenía nada de financiero: la empresa estatal hablaba de «incorporar a todos los uruguayos a la autopista de la información» y de construir la «sociedad del conocimiento». Quince años después, un estudio académico le puso un número a esa apuesta y la leyó con la lógica de cualquier inversión pública, es decir, cuánto rindió, en términos de ingreso para la gente, cada peso destinado a tender cable hasta la puerta de cada casa.

El trabajo es del economista, Juan Jung, investigador de la Universidad Pontificia Comillas, y fue publicado en mayo en la revista Telematics and Informatics. Jung analizó los 19 departamentos del país entre 2008 y 2019 y comparó la evolución de los ingresos antes y después de que la fibra se volviera mayoritaria en cada zona. Su conclusión central, en sus propias palabras, es que «la política ha sido exitosa en generar un aumento de los ingresos individuales promedio», de entre 5,2% y 6,7%. Comparado con estudios similares en otros países, el número uruguayo resulta más bien moderado.

Lo que vuelve interesante el ejercicio, desde el punto de vista metodológico, es que Antel instaló la fibra en los hogares sin trámites ni costos para el cliente, y lo hizo de forma escalonada: a algunos primero, a otros varios años después. Esa secuencia desordenada, que para cualquier usuario fue apenas una cuestión de suerte geográfica, le permitió a Jung tratar el despliegue casi como un «experimento natural» y aislar el efecto puro de la conectividad sobre el ingreso, algo mucho más difícil de medir cuando una tecnología se adopta de forma simultánea en todos lados.

El Estado conectó parejo, pero el beneficio no se repartió igual
El estudio muestra que el impacto sobre los ingresos no fue homogéneo entre departamentos ni dentro de cada uno de ellos, y atribuye esa brecha a una decisión de diseño del propio despliegue. La fibra «empezó primero en la capital de cada departamento, favoreciendo así a los que ya estaban bien posicionados dentro de cada región». En otras palabras, la infraestructura llegó antes a donde ya vivían los hogares de mayores ingresos y mayor nivel educativo, que fueron los primeros en capitalizarla, mientras que ese efecto de arranque se fue diluyendo a medida que el cable avanzaba hacia el resto del territorio.

En los departamentos con más años de estudio promedio, el impacto de la fibra sobre los ingresos trepó a casi 8%, y en aquellos con mayor proporción de hogares ya conectados llegó a 8,4%. En el otro extremo, en los departamentos ubicados a más de 120 kilómetros de Montevideo el efecto promedio directamente deja de ser estadísticamente significativo, ya que para esa porción del país, la inversión en fibra no se tradujo en una mejora de ingresos medible.

Para entender por qué la conectividad termina traduciéndose en dinero, Jung enumera varios canales posibles, que conviene tomar como hipótesis complementarias más que como una causa única: empresas más productivas que terminan pagando mejores salarios, mayor acceso al empleo, la posibilidad de teletrabajar, nuevas habilidades digitales que el mercado premia, y el ahorro de tiempo en trámites, banca y compras que antes insumían más recursos.

El estudio también marca que el efecto no aparece de inmediato, debido a que la mejora en los ingresos se nota recién un tiempo después de que la fibra supera la mitad de las conexiones del departamento, porque tener el cable instalado en la puerta de casa no es lo mismo que usarlo de forma productiva, y eso lleva tiempo de aprendizaje y adopción.

La cronología del despliegue y la lectura para la próxima política pública
La velocidad del despliegue ayuda a dimensionar la escala de la política: tras la primera conexión en Montevideo en octubre de 2011, en 2012 llegó la primera fuera de la capital y el año cerró con unas 240.000 conexiones en todo el país. Para 2013 el servicio ya estaba presente en los 19 departamentos, cubriendo en promedio un tercio de la banda ancha fija nacional, un ritmo de expansión que en su momento ubicó a Uruguay entre los países con mayor penetración de fibra óptica del mundo.

La lectura de política pública que se desprende del estudio, sin embargo, es menos sobre la tecnología en sí que sobre cómo se diseñan los despliegues de infraestructura cuando el Estado decide invertir: si la secuencia de llegada de una mejora estructural reproduce las jerarquías territoriales preexistentes, capital del departamento primero, periferia después, el resultado puede terminar ampliando antes que cerrando las brechas de ingreso que en teoría busca achicar.

Para Jung, ese diagnóstico es justamente evidencia a favor de la «necesidad de complementar este tipo de políticas con otras orientadas a mejorar las habilidades digitales de la población», es decir, que la infraestructura por sí sola no alcanza si no viene acompañada de una inversión paralela en capital humano que permita a los hogares más rezagados aprovecharla.

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