Historia y familia para un Hereford productivo: conclusiones de la gira ganadera por Durazno y Tacuarembó
Los participantes visitaron Las Gateadas de Orcasberro, Estancia Cerrezuelo de Gercar y La Hormiga de Oholeguy Astore
En el centro del país, corazón productivo de la ganadería nacional, se llevó a cabo la Gira Ganadera 2026 de la Sociedad de Criadores de Hereford. Con una excelente convocatoria y visitando tres establecimientos bien distintos entre sí, el foco estuvo en la excelente herramienta productiva que entrega la raza y los desafíos hacia adelante, no solamente de los animales sino de los sistemas familiares que lideran las empresas.
El jueves 11 de junio se visitó Las Gateadas de Orcasberro y Cerrezuelo de Gercar, mientras el viernes 12 a mediodía la delegación llegó al emblemático establecimiento de La Hormiga, de la familia Oholeguy Astore. La actividad no estuvo abierta solamente a socios de la Sociedad de Criadores, sino a todo el ecosistema ganadero nacional.
La propuesta se repite cada año y tiene un propósito deliberadamente concreto: no hablar del Hereford en la teoría sino mostrar, en el campo y con rodeos funcionando, cómo se produce con la raza como herramienta en distintos tipos de suelo y sistemas de manejo. “Vale la pena el esfuerzo de encontrar establecimientos que visitar”, sintetizó Lucía Perdomo, presidenta de la Sociedad de Criadores. “Es una ventana para ver cómo se produce con la herramienta Hereford.” El resultado fueron dos días muy disfrutables, con establecimientos muy distintos entre sí, ya sea por tipos de suelo, sistema productivo o historia, pero con un hilo conductor claro: la raza respondiendo en todos.
Historia e ingenio. El jueves arrancó con dos visitas en los alrededores de La Paloma, Durazno. La primera fue al establecimiento Las Gateadas, donde Gonzalo Orcasberro recibió al grupo con un interesante mix entre orgullo familiar y datos concretos. La historia de la familia con el Hereford viene de más de 60 años, pero la radicación de sus antepasados en la zona es mucho más antigua: se instalaron en 1840, cuando compraron dos suertes y media de estancia a Francisco y Manuel Oribe.
Empezaron así con ganado criollo, sin alambres, en un mundo completamente distinto al de hoy. A comienzos del siglo XX, el bisabuelo de Gonzalo, que era tropero, decidió echar raíces. “Era tropero, oficio que era bien pago en la época, se aquerenció acá con algún amorío quizás y compró campo”, contó Orcasberro. “Era un trabajo bien pago porque había que llevar el ganado vivo y volver con la plata llena”, agregó. De ahí en más, generación tras generación, el campo se fue consolidando de la mano de la familia. Hoy Las Gateadas tiene 1.209 hectáreas, un 95% en propiedad, organizadas en un solo bloque con 31 potreros y un índice Coneat de 93. Desde hace muchos años aplican fosforita para producir forraje. El sistema es de ciclo completo cerrado: solo ingresan reproductores al plantel, con la particularidad de que todos los toros son comprados en la Central de Pruebas Kiyú, complementados con genética de Humberto Orcasberro, tío de Gonzalo.
“Los criterios de selección son facilidad de parto, bajo peso al nacer, buen desarrollo posterior y mansedumbre, que es el ABC de la elección de la raza, porque trabajamos con poco personal”, explicó el director. Del rodeo salen novillos de invernada y vacas de descarte; no se perdona la hembra que no da un ternero por año. “Hay una filosofía de trabajo de más de 100 años, nos proyectamos y hacemos instalaciones pensando siempre en el largo plazo”, resumió Orcasberro. La quinta generación ya está criando Hereford en la misma “suerte de estancia” que sus tatarabuelos compraron hace casi dos siglos.
Al mediodía el grupo se trasladó a la Estancia Cerrezuelo, de Juan José Gercar, con Coneat 67. Perdomo lo definió como un campo bien distinto al anterior, de menor índice productivo pero con una capacidad de producción de ganado muy significativa.
El establecimiento tiene 1.200 vacas en producción y lleva 80 años de historia familiar con el Hereford. “Empezamos con la raza y se siguió. Hubo alguna cruza pero se volvió siempre al Hereford“, contó Gercar. El entore se realiza a los 18 meses de manera consistente, salvo en años en que los vientres no llegan al otoño con el peso necesario para entorar, como ocurre después de veranos secos como el reciente.
En el primer invierno se suplementa a la ternera, con buenos resultados en la conversión de grano en carne.
“Los terneros se van comercializando según cómo se desarrollan, con algo de reposición según el año, los vientres pasan a selección y se vende el refugo”, indicó Gercar. El contraste entre ambos campos fue uno de los momentos más ricos de la jornada: misma zona, misma raza, pero suelos e índices bien distintos. El Hereford respondió bien en los dos.
Orgullo y legado. El viernes el grupo se desplazó a Tacuarembó para visitar la Cabaña La Hormiga, Zaina SA, de la familia Oholeguy Astore. Giovanna Asotre, directora del establecimiento y directiva de la Sociedad de Criadores, brindó unas sentidas palabras de bienvenida, con el recuerdo a Enrique Oholeguy.
La convocatoria fue la más nutrida de la gira: cabañeros, familias enteras, gente que conoce el trabajo de la cabaña y otros que llegaban por primera vez sin conocer el establecimiento. Leandro Oholeguy, hijo de Enrique y Giovanna y actual administrador del establecimiento presentó la empresa tal como es, sin filtros: familiar, autosustentable, con cabaña y remate integrados con el plantel comercial.
El recorrido arrancó con el vaquillonaje general preñado, siguiendo por las planteleras y la selección de vacas PI “más cuidadas”, madres de los toros y Grandes Campeones que van a la punta del remate. Después, el ganado parido de otoño, los toros para el próximo remate y el cierre con los toros padres, encabezados por Cascarilla, “el animal insignia de La Hormiga”, dijo Oholeguy. Un toro que, para quienes conocen el programa genético de la cabaña, resume en un solo individuo el criterio de selección que vienen defendiendo hace años.
Al cabo de dos días, Lucía Perdomo sintetizó el espíritu de la gira con la misma claridad con que la había abierto: vale la pena el esfuerzo y se ve en los resultados.
“Ver en campo real cómo el Hereford funciona como herramienta de producción en sistemas y suelos distintos, de la mano de familias que llevan generaciones apostando a la raza, es muy importante”, indicó.
Tres establecimientos, tres historias diferentes y tres formas de producir con el Hereford como hilo conductor. Años de historia, décadas de selección, generaciones que se van sucediendo y campos que han visto a las vacas parir cada año. La gira 2026 mostró mucho más que un Hereford productivo, algo que es indispensable en el negocio. La actividad mostró la recompensa emocional de sostener en pie sistemas productivos que no solo sean rentables, sino que hagan a las personas felices y permitan el desarrollo de las familias que lo integran.
Las empresas del agro nacional, en especial las ganaderas, están conformadas en su enorme mayoría por familias que las llevan adelante desde hace años, décadas o hasta más de un siglo. “Liderazgo familiar, trascender y mantener el negocio” fue el título de la charla que dictó el Cr. Carlos Folle en la noche del jueves.
Folle partió de una premisa que a veces no ponemos en palabras de una forma tan directa: los hijos deben ser felices, validando la enorme gama amplia de opciones que el mundo de hoy ofrece. “Cariño y respeto por la empresa, pero eso no tiene que implicar que trabajen ahí o que quieran seguir”, dijo. Al respecto, indicó que si los padres llegan a su casa todos los días quejándose o con estrés por las labores diarias, no podemos pedirle a los hijos que les parezca un plan atractivo seguir sus pasos.
“La planificación de la sucesión hay que prepararla, charlar en familia, pensar fuera de la caja, diseñar estructuras antes de que las urgencias impongan su propia lógica”, indicó Folle, queriendo evitar siempre las peleas o la distancia. “Amor, cariño y felicidad: que la empresa familiar sea un medio para ello”, cerró.
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