Graciela Delgado, una vida entre caballos Criollos y recuerdos que dejaron huella

Graciela Delgado, una vida entre caballos Criollos y recuerdos que dejaron huella

A sus más de 80 años, Graciela Delgado conserva el entusiasmo de aquella joven que soñaba con ser profesora de Educación Física y terminó encontrando su vocación en las aulas rurales. Madre, abuela, maestra y una presencia incondicional en las marchas de resistencia, su historia está atravesada por los afectos, las amistades y una pasión que hoy recibe uno de los reconocimientos más especiales: una Marcha Funcional de caballos Criollos llevará su nombre

Hay personas que no necesitan montar un caballo para dejar una huella en el mundo ecuestre. Graciela Delgado es una de ellas. Durante décadas recorrió el país acompañando las marchas de resistencia de caballos Criollos, soportando el frío, la lluvia y las largas jornadas, siempre cerca de los participantes. Nunca compitió montada, pero estuvo en todas. Y quizás por eso, cuando supo que una marcha llevaría su nombre, no pudo contener las lágrimas.

“Te juro que lloré, porque yo nunca monté una yegua en la marcha”, recuerda todavía emocionada. Lo que para ella era simplemente acompañar a sus hijos, compartir con amigos y disfrutar de los caballos, para los demás se había convertido en un ejemplo de compromiso y pertenencia.

Pero la historia de Graciela comienza mucho antes de los Criollos, en Salto, donde nació y vivió una infancia que recuerda con enorme felicidad. Desde los ocho años, buena parte de sus días transcurrieron en el Club Remeros, entre la natación, el gimnasio y las actividades deportivas. Allí construyó amistades que todavía conserva y descubrió una pasión por la actividad física que, durante su juventud, imaginó como su futuro profesional.

Cuando terminó el liceo quiso estudiar Educación Física en Montevideo, pero sus padres tenían otros planes. Su madre era docente y su padre comerciante, y no estaban dispuestos a que se trasladara sola a la capital. La alternativa fue Magisterio, una carrera que comenzó sin demasiado entusiasmo.

“Lo hice contra mi voluntad”, confiesa entre risas. Sin embargo, aquella decisión que tanto había resistido terminó convirtiéndose en una de las mayores satisfacciones de su vida. Se recibió de maestra a los 19 años y, con el tiempo, descubrió una vocación que todavía hoy reivindica con orgullo.

También había asegurado que jamás trabajaría en una escuela rural. Pero el destino volvió a llevarle la contraria. Su primer camino profesional la condujo a una escuela de Colonia Lavalleja, en el departamento de Salto, donde compartió años que recuerda entre los más felices de su juventud.

“Éramos seis maestras. Fueron años bárbaros, de los mejores”, cuenta.

Fue precisamente en aquella etapa cuando conoció a quien sería su esposo, Horacio de Brum, un productor rural que tenía campos cerca de la escuela. Se casaron el 5 de enero de 1971 y pronto llegaron sus dos hijos: Horacio, en 1972, y Diego, apenas 21 meses después.

Los dos crecieron en una familia vinculada al campo, aunque sus caminos fueron diferentes. Horacio eligió estudiar Derecho en Montevideo, mientras que Diego se inclinó desde joven por la actividad agropecuaria y se formó en Tacuarembó.

La vida familiar atravesó un momento especialmente difícil cuando su esposo falleció. Sus hijos eran jóvenes y estaban todavía construyendo sus respectivos caminos. Aquella pérdida marcó una nueva etapa, en la que la familia volvió a reunirse en Salto y se instaló en el establecimiento rural.

Con el paso de los años, Graciela vio crecer a sus hijos y llegar a sus nietos, que hoy ocupan un lugar central en su vida. Habla de ellos con orgullo y particular ternura. Entre todos, Bautista, hijo de Diego y estudiante de Veterinaria, es quien heredó más intensamente la pasión por los caballos. Compite en enduros y marchas, y representa para ella una continuidad de esa historia familiar.

Una pasión que se convirtió en familia

El vínculo de Graciela con los caballos Criollos llegó de la mano de Diego Landa, una persona muy importante en su vida, que acercó a sus hijos a la raza y despertó un entusiasmo que terminó arraigándose en toda la familia.

Con el tiempo, Horacio y Diego desarrollaron la cabaña San Telmo, y Graciela comenzó a acompañarlos en las actividades. Su primera marcha fue en Tacuarembó, aunque no recuerda exactamente el año. Lo que sí tiene presente es que, desde entonces, nunca faltó a una edición, salvo cuando la pandemia obligó a suspender la actividad.

“Mis amigas me dicen que no entienden qué sentido tiene que ande atrás de los caballos. Y yo les digo que sí, que ando atrás de los caballos”, comenta divertida.

Para ella, las marchas siempre fueron mucho más que una competencia. Son los encuentros, las conversaciones, los viajes y las amistades que se fueron construyendo a lo largo de más de cuatro décadas. Una verdadera familia criollista que, con los años, incorporó a los hijos y nietos de aquellos primeros amigos.

Graciela vio crecer a muchos de los actuales participantes. Conoció a algunos cuando todavía estaban en brazos de sus madres y hoy los encuentra compitiendo, organizando actividades o llevando adelante sus propias cabañas.

También acompañó a los jóvenes que impulsaron la gremial de caballos Criollos del norte, entre ellos Carlos Parietti, Denis Capdeville, Ernesto Estévez y José Luis Savio. Recuerda con humor que muchas veces le tocaba ordenar, insistir y hasta retarlos para que las cosas salieran adelante.

“Ellos me dicen que si no hubiera sido por mí, que los curtía, no sé qué hubiera pasado”, cuenta entre risas.

Esa manera de involucrarse, de estar siempre disponible y de sentirse parte de cada actividad, hizo que su presencia se volviera casi una tradición.

Recuerda que en una marcha, cuando llegó al lugar, Ignacio Cortina la recibió diciendo que ahora sí podía comenzar la actividad, porque había llegado Graciela.

Y ella sigue llegando. Aunque sus amigas le adviertan del frío, aunque los viajes sean largos y aunque los años hayan pasado. Porque, como explicó, lo que la mueve no es solamente el caballo, sino todo lo que se construye alrededor de él.

El reconocimiento que no esperaba

Cuando le comunicaron que una Marcha Funcional llevaría su nombre, Graciela quedó completamente sorprendida. Muchos de sus amigos ya conocían la noticia, pero habían logrado mantenerla en secreto. La emoción fue inmediata. No podía creer que tantos años de acompañamiento silencioso fueran reconocidos de aquella manera.

“Para mí es la culminación. Es algo único”, aseguró.

La alegría también llegó a su familia. Bautista fue uno de los primeros en llamarla para felicitarla, y su abuela aprovechó para plantearle un desafío: que participe en la marcha que llevará su nombre. Él le prometió que, si tiene una yegua disponible, estará presente.

Otros criollistas también le adelantaron que harán lo posible por correr, aunque sea algunas etapas, simplemente por el significado que tiene para ellos acompañarla en esta ocasión.

Graciela recibe cada mensaje y cada llamado con una mezcla de sorpresa, gratitud y emoción. Dice que nunca buscó reconocimientos, porque todo lo que hizo nació del cariño por los caballos y por la gente.

La maestra que nunca dejó de serlo

Aunque los Criollos ocupan un lugar enorme en su historia, hay otra identidad de la que Graciela habla con idéntico orgullo: la de maestra.

Su madre y su abuela materna fueron figuras fundamentales en su formación. De ellas aprendió el valor de la educación, la rectitud y la importancia de ser una buena persona.

“Mis padres siempre me decían que fortuna no me iban a dejar, que la fortuna que me dejaban era la educación”, recordó.

Esos valores la acompañaron durante toda su vida. Y todavía se emociona cuando se encuentra con antiguos alumnos, hoy hombres adultos, que continúan llamándola “maestra”.

“Creo que fui buena maestra”, dijo con sencillez. Y enseguida agrega que solamente quien ha ejercido la docencia puede comprender todo lo que esa profesión deja.

También mantiene el vínculo con sus antiguas compañeras de Magisterio, con quienes continúa reuniéndose después de más de seis décadas. Entre anécdotas, recuerdos y risas, aquellas jóvenes que compartieron los primeros pasos de su formación siguen encontrando motivos para celebrar la amistad.

La noticia de la marcha también llegó a ese grupo. Sus compañeras, orgullosas, le pidieron que les explicara en qué consiste esa actividad que tantos años lleva acompañando.

Porque si algo caracteriza a Graciela es su capacidad para conservar los afectos. Las amigas de la infancia, las compañeras de estudio, los antiguos alumnos, la familia y los criollistas forman parte de una misma historia que ella cuenta con una memoria llena de nombres y anécdotas.

Hoy vive en la ciudad de Salto, pero mantiene intacto su amor por el medio rural. Disfruta de la lectura, de las reuniones sociales, de organizar actividades y, sobre todo, de estar rodeada de gente joven.

No es de quedarse quieta. Y tampoco parece tener intenciones de hacerlo.

Lo que queda después de tantos caminos

Cuando se le pregunta qué le dio la vida, Graciela no habla de bienes materiales ni de grandes conquistas. Su respuesta pasa por sus hijos, sus nietos, sus amigas y todas las personas que conoció gracias a los caballos.

“Lo que me ha dejado el caballo es la amistad, la alegría, el saber que nos encontramos”, resumió.

Reconoce que le hubiera gustado seguir montando durante más tiempo, una actividad que abandonó cuando comenzaron las advertencias sobre posibles caídas. Pero no vive mirando hacia atrás. Por el contrario, disfruta del presente y busca mantenerse cerca de las nuevas generaciones.

Admira especialmente la resistencia, la mansedumbre y la capacidad de recuperación del caballo Criollo. Pero está convencida de que su mayor virtud es algo que no aparece en ninguna prueba funcional: la capacidad de reunir personas y despertar sentimientos.

Por eso, cuando habla de la marcha que llevará su nombre, vuelve una y otra vez al agradecimiento. A los amigos de siempre, a los jóvenes que confiaron en ella, a las instituciones y a todos los que compartieron este largo camino.

“Después de esto no quiero más nada”, dijo, satisfecha.

Sin embargo, quienes la conocen saben que difícilmente se aleje de las marchas. Porque Graciela pertenece a ese grupo de personas que encuentran en una pasión una forma de vivir, de acompañar y de construir vínculos que perduran.

Y aunque nunca haya montado una yegua en una Marcha Funcional, su nombre quedará ligado para siempre a una de ellas. Quizás porque, después de tantos años caminando al lado de los caballos, terminó dejando una huella tan profunda como la de quienes los montaron.

Rurales El País